¿Dónde estás? ¿Y cómo alcanzarte?
Sonrisas. Tensión. Ensayos. Conversaciones ocasionales y la vaga sensación del coqueteo. Un espectáculo luminoso y una máquina del misterio. Un dolor en el estómago y una visita a casa al día siguiente.
La pintura roja cubría poco a poco mi cuello, mis hombros y parte de mi espalda. La esponja recorría con suavidad mis brazos mientras mis manos se ocupaban de tu pecho. Tan cerca. Tan suave. Tan ideal. La voz de la diva al fondo. Tus ojos. Tu aliento. Tú. Tú y tu enigmática manera de brindar intimidad al tiempo de mantenerse al margen. Si tan sólo percibieras el tiempo del modo en que yo lo hago.
Aquella noche fría y sentimental aseguraste que era yo la primera en acompañarte a beber en el cuarto de papá. No pude terminar. Tuviste que terminar con el resto de mi botella. Pusiste a Chopin. Apagaste la luz. Me pediste que me quedara en la ventana, mirando el cielo nocturno. Lágrimas rodaron por mis mejillas. No osaste decir palabra ni poner uno solo de tus dedos sobre mí. Mi voz interna lo agradeció.
Decías... decías que me habías considerado a mí. Preguntaste si eso haría alguna diferencia. Te respondí que no.
Otro día, volviste. Pasaste a visitar. Aún tenías arena en los oídos. Risas. Un abrazo. Un alegre adiós.
Conversación. Diversión. Alegría. Amistad. ¿Quería algo más? No lo sabía. ¿Era necesario algo más? Y ¿por qué no?
Esa otra noche, te atreviste. Te lo permití. Lloré. ¿Te avergonzaste? No sé.
Días de espera, de ansiedad. Incertidumbre. ¿Sufrimiento? No.
Con la rosca y el descontento material, llegó el día. Besos. Abrazos. Un mensaje.
La teoría de los postes. La paz. El deseo. Las señales. ¿Dónde están?
Se han ido. Contigo. Y las lágrimas han venido en tu lugar.
lunes, 12 de julio de 2010
Soledad
Los minutos se estiran y se vuelven viscosos. Se escurren con enloquecedora lentitud por la superficie de la conciencia cual si fuesen pegajosas gotas de miel.
Silencio.
Bocas que se mueven. Pronuncian palabras mudas. Palabras que narran historias privadas. Palabras que hablan de universos desconocidos. Palabras que expresan sentimientos ajenos. Palabras que no fueron dichas para que las escucharas tú.
Sonrisas. Lágrimas. Ceños fruncidos. Labios que aman. Bailan a tu alrededor en un espectáculo multicolor mientras permaneces sentado en tu pequeña isla, observando.
Frío.
Miras a un lado. Miras al otro. Miras delante y mirás atrás. Nada.
Los minutos, siempre con desesperante e inclemente parsimonia, se vuelven horas. Y las deshojas con taciturna resignación.
Días.
Años.
Silencio. Frío. Nada.
Silencio.
Bocas que se mueven. Pronuncian palabras mudas. Palabras que narran historias privadas. Palabras que hablan de universos desconocidos. Palabras que expresan sentimientos ajenos. Palabras que no fueron dichas para que las escucharas tú.
Sonrisas. Lágrimas. Ceños fruncidos. Labios que aman. Bailan a tu alrededor en un espectáculo multicolor mientras permaneces sentado en tu pequeña isla, observando.
Frío.
Miras a un lado. Miras al otro. Miras delante y mirás atrás. Nada.
Los minutos, siempre con desesperante e inclemente parsimonia, se vuelven horas. Y las deshojas con taciturna resignación.
Días.
Años.
Silencio. Frío. Nada.
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