Los minutos se estiran y se vuelven viscosos. Se escurren con enloquecedora lentitud por la superficie de la conciencia cual si fuesen pegajosas gotas de miel.
Silencio.
Bocas que se mueven. Pronuncian palabras mudas. Palabras que narran historias privadas. Palabras que hablan de universos desconocidos. Palabras que expresan sentimientos ajenos. Palabras que no fueron dichas para que las escucharas tú.
Sonrisas. Lágrimas. Ceños fruncidos. Labios que aman. Bailan a tu alrededor en un espectáculo multicolor mientras permaneces sentado en tu pequeña isla, observando.
Frío.
Miras a un lado. Miras al otro. Miras delante y mirás atrás. Nada.
Los minutos, siempre con desesperante e inclemente parsimonia, se vuelven horas. Y las deshojas con taciturna resignación.
Días.
Años.
Silencio. Frío. Nada.
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